Poesía

Con La melancólica muerte de Chico Ostra, Tim Burton nos confirma un presentimiento. Puede moverse en el cine, puede escribir en verso, pero lo suyo es el ejercicio de una extraña y poco convencional ternura.

 

Este diminuto libro escrito en forma de verso por Tim Burton e ilustrado con acuarelas por él mismo podría haberse llamado Los melancólicos hijos del artista de la tinta negra. Almas gemelas de los solitarios personajes de sus películas, el librito nos invita a reencontrarnos con ellas y a sufrir impotentes las angustias que padecen tan solo por ser diferentes. “El Chico Robot” cuenta, por ejemplo, la crisis que se produce en un matrimonio que lleva una vida apacible y feliz hasta que descubre que el bebé que tienen no es suave ni calentito sino un robot de hojalata. El padre alterado pregunta al doctor a qué se debe el error y este le confiesa sin rodeos que en realidad él no es el padre sino un horno… un horno de microondas.

 

La historia más triste es la del Chico Ostra cuyos padres se declaran en la costa del mar. El pobre Carlo huele a pescado, sufre el rechazo de los chicos del barrio y se pasa las horas mirando cómo el agua se arremolina en la alcantarilla. Carlo es finalmente devorado por su padre y enterrado en la playa. Pero nadie podrá recordarlo porque las olas borran todas las huellas de su salada existencia.

 

Historias como ésta, que conmueven y son tratadas desde el agridulce humor del autor, constituyen una obra que llama la atención y destaca sobre la poesía que acostumbramos a leer. Poesía de estilo  infantil y contenidos amargos, para adultos muy niños.

 

A continuació, puedes leer las historias de algunos de estos personajes tan particulares, que ya bien podrián haber salido de la ciudad de Halloween (Pesadilla antes de Navidad).

 

Cabeza de melón

 

Había un niño taciturno,

de hombre y melón un injerto.

tenía el ánimo nocturno

por desear tanto estar muerto.

 

Pero hay que tener cuidado

con lo que se desea.

Pues él acabó en jalea

tras un pisotón bien dado.

 

 

La melancólica muerte del chico Ostra

 

Se le declaró en la costa,
y en la playa fue la boda.
 
Su larga luna de miel
en la isla de Capri fue
 
Para la cena el mesero
les puso un solo platillo:
un gran caldo de mariscos.
La novia pidió un deseo.
 
Y el deseo se realizó.
Dio al fin a luz un bebé.
Pero éste ¿era humano o no?
Bueno, quizá. Tal vez.
 
Diez dedos en pies y manos,
y demás órganos sanos.
Podía sentir y escuchar.
Pero ¿normal? No, ni hablar.
 
Este engendro antinatura,
Este cáncer indecente,
Era la imagen viviente
de toda su desventura.
 
Ella se quejó al doctor:
“No es hilo de mi madeja.
¿De donde sacó ese hedor
a salmuera, pez y almeja?”
 
“Y ha sido usted afortunada.
Yo la semana pasada,
trate a una niña con pico
y tres orejas. ¿Me explico?
Si es mitad ostra su niño,
búsquese a otro a quien culpar.
-Y añadió con cierto guiño -
¿Se ha puesto a considerar
una casita en el mar?”
 
No sabían como llamarlo.
A veces le decían Carlo
y a veces -con voz perpleja-
“eso que parece almeja”.
 
Encogido el corazón,
Ninguno en verdad sabía
si el chico ostra algún día
rompería el caparazón.
 
Los cuatrillizos Montalvo
cierta vez se lo toparon.
Le espetaron un “¡Bivalvo!”
y enseguida se escaparon.
 
Una tarde en que llovía,
Carlo se sentó en la calle.
Y miró arremolinarse
el agua en la alcantarilla
 
Aparcada en la cuneta,
conmovida y afligida,
su madre daba salida
a su congoja secreta.
 
Ya se habían acostado
una noche, y ella dijo:
“Cariño, huele a pescado
y yo creo que es nuestro hijo.
Y aunque dicen que una dama
debe callarse esas cosas,
me parece que le endosas
tus problemas en  la cama.”
 
El probó cuanta loción
pudo hallar en el mercado.
Tenía el cuerpo colorado
y comezón, comezón.
Y de rascar y rascar
la piel le empezó a sangrar
 
El doctor, tras una pausa,
dijo: “El remedio a su mal
podría ser su misma causa.
Las ostras, como sabéis,
dan gran potencia sexual.
Supongo que si os coméis
a vuestro niño podréis
saciar el ansia carnal.
 
Se acerco muy de puntitas,
muy a oscuras y en celada,
porque no notara nada
quien le daba tantas cuitas.
Y en voz muy baja le dijo:
“Carlo queridísimo, hijo:
no quisiera interferir
ni causarte desconsuelo.
Pero ¿has pensado en el cielo,
o te has querido morir?”
 
Carlo parpadeo al oírlo
pero no le dijo nada.
Su papi apretó el cuchillo
y se aflojó la corbata.
 
Cuando lo levantó en vilo,
Carlo le mojó el abrigo.
Y en su boca ya la valva,
se escurrió  por su garganta.
 
En la costa lo enterraron,
en la arena, junto al mar.
Una oración murmuraron
y se fueron a cenar.
 
Una cruz que daba pena
marcaba su sepultura
y unas letras en la arena
prometían vida futura.
 
Pero al subir la marea
una ola grande y fea
borró sin pena ni gloria
para siempre su memoria.
 
De regreso en el hogar,
él se le empezó a acercar.
 
Le besó y le dijo: “Bella,
hagamos otra faena.”
“Pero esta vez –susurró ella-
pidamos que sea una nena.”

 

Palillo y Cerilla enamorados

 

Palillo quería a Cerilla

con un amor muy vehemente.

Amaba su delgadez

que veía muy ardiente.

 

Entre Palillo y Cerilla

¿puede arder una pasión?

Así fue. Y en un segundo

 

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